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EL CASERÍO VASCO II - Arquitecto Federico Intxauspe

EL ESPACIO FAMILIAR:  Aunque los caseríos son edificios  de grandes dimensiones, con una media de 300 m2 de planta, el espacio que tradicionalmente se reservaba a la vida familiar era tan reducido que apenas llegaba a la quinta parte del volumen construido. Tengamos en cuenta que la vivienda de la casa siempre estaba situada en la planta baja y sólo en los últimos ciento cincuenta años se ha comenzado a habilitar dormitorios en el piso superior. En los caseríos de una sola familia el ámbito de residencia ocupaba  la cara frontal o bien todo el flanco lateral que mira al valle, mientras que en los bifamiliares siempre se encuadraba en el frontis.

La vivienda se dividía se dividía en dos partes: 

LA COCINA              SUKALDEA

LAS ALCOBAS          LOGELAK

La cocina, próxima a la entrada y habitualmente en el ángulo delantero del edificio, significaba el corazón del caserío y sobre todo, el espacio de la palabra; el sitio del euskara, era el lugar conde se reunía la familia y se recibía al visitante, también donde por las noches se hilaba y donde, durante el día se comentaban todos los sucesos de la vida local. En dicho ámbito también se concertaban los matrimonios  y donde se refugiaban los más ancestrales ritos de la cultura popular vasca.

Durante los siglos XVI y XVII el fuego se encendía sobre una losa colocada en el centro de la estancia, encima de la cual pendía la cadena del hilar. A lo largo de los siglos XVIIIy XIX  se generalizaron las chimeneas de fuego bajo con campana adosada al muro y ya en el siglo que ahora termina se impusieron las chapas metálicas o económicas, de fabricación  industrial, situación que permitía ahorrar considerable combustible.

Hasta mediados del siglo XIX la alcoba solía ser una estancia única o a lo sumo estar dividida en dos cuartos diferentes. Cada vez son menos las casas en las que se conserva la antigua sala común de dormitorio con su fila de celdillas empotradas, no más grandes que la propia cama, aisladas por una simple cortina de lienzo. El concepto de intimidad ha cambiado mucho desde entonces.

 

EL ESPACIO DEL GANADO: Mucho más que los cultivos, los animales domésticos y en particular, el ganado vacuno, se consideraban el símbolo de la riqueza de un caserío. Nada más preciado para los labradores vascos que poseer una buena yunta de bueyes fuertes y lustrosos. Para el ganado vacuno se reservaba más de la mitad de la planta baja del edificio. Cada animal disponía de un pesebre en forma de cajón de madera, donde introducía el cuello para recoger su alimento y en el suelo de tierra preparaba su cama con paja y helecho que más tarde eran utilizados como abono. Hasta mediados del siglo XVIII, dos de los pesebres se colocaban en la pared contigua a la cocina, con la que estaban comunicados a través de sendas ventanas correderas. Por este medio se podía vigilar en todo momento a las vacas que estaban a punto de parir o a los bueyes más valiosos, cuyas apacibles cabezotas entraban a formar parte habitual de la tertulia familiar. Co respecto a la cuadra, digamos que se entraba directamente desde el soportal, cuando éste existía, pero casi siempre solía haber una puerta lateral o zaguera complementaria, que permitía la ventilación rápida y un tránsito mucho más cómodo de personas y animales. En la cuadra no existían las ventanas y sí, en cambio, estrechos huecos de respiración que parecían aspilleras. Tampoco existían los tabiques intermedios, aunque a algunos animales, como el cerdo, se los criaba separados en un rincón.

 

EL ESPACIO DE ALMACENAJE: Cada uno de los productos que cosechaba el labrador tenía reservada una ubicación precisa dentro de la arquitectura del caserío. Todo el piso superior estaba dedicado al almacenaje y en muchos casos también una planta de semisótano situada bajo el nivel de la vivienda. Tengamos en cuenta que sobre la cuadra se situaba el pajar, que en el suelos e apilaba la hierba, el heno y la paja para el ganado. A través de una trampilla abierta en el suelo de tablas resultaba muy cómo hacer caer con una horca la cantidad necesaria en cada momento. Desde el siglo XIX y allí donde la pendiente del terreno lo consentía, se ha procurado añadir una rampa exterior al pajar del caserío. antes el heno se lanzaba a través de una puerta elevada. En la parte  delantera del piso superior se encuentra el camarote (sabai), bien delimitado con mamparos de tabla o paredes de mampostería y a veces con un pequeño balcón sobre la fachada sin cerrar. Su función es múltiple y fue variando a través de la historia. En un principio fue el lugar donde algunos labradores del siglo XVI guardaban los trojes de trigo junto a las manzanas o frutos que pretendían conservar a lo largo del año.  Con la aparición del maíz a principios del siglo XVII se convirtió en el espacio más idóneo para curar las mazorcas y evitar que el grano fomentase, extendiéndolas sobre el suelo seco  y avivando la ventilación. En el siglo XIX fue necesario ampliarlo para dejar un hueco a la alubia y la patata que también reclamaban una superficie seca y aireada. Ha cubierto también las funciones de palomar, tendedero de ropa y desván de trastos viejos y de ciento cincuenta años a esta parte son muchos los que lo están utilizando parcialmente para ampliar el escaso número de dormitorios de que suelen disponer los caseríos viejos.

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